Un día Amazon me dijo NO.

Después del No de Amazon; una carta para mi yo futuro.

Ácrata y Banquero

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Ni bien corté la llamada al final de una larga cadena de amables promesas y saludos de rigor, entré en una nueva etapa. Una por demás, confusa.

El orgullo de haber emprendido este viaje, de haber visitado las oficinas de la empresa en Dublín. Haber volado más de 16 horas más las respectivas esperas derivadas de las conexiones me transmitían una sensación que reafirmaba mis decisiones y enfoque hasta el momento. Haber superado las tres etapas iniciales con pruebas y conversaciones afiladas era motivo para sentirme especial. Ni hablar de mi familia que automáticamente se volvieron pro-amazon y vitoreaban cada diminuta victoria en el proceso.

Luego vino una jornada de cinco horas intensas de entrevistas que me llevaron al limite; no habiéndome quebrado y sintiendo que estuve off-side en apenas dos ocasiones lo rotulé como un potencial éxito. Pero en la compañía de Jeff Bezos no opinaban lo mismo. A los dos días recibí la llamada de rechazo.

Al principio no sentí nada. Mi esposa se afligió y entre abrazos me pedía que no me desmoronara. No lo hice. Pero a medida que el tiempo pasaba noté que la noticia había impactado en mi esquema mental como un pequeño perdigón sobre un vidrio templado. Al principio sólo es una ligera marca, pero en cuanto empieza a pasar el tiempo, la fisura crece y termina por quebrar el total de la estructura.

Así creo que es como me siento. Digo creo porque esto recién empieza; las vetas no son muy profundas pero las puedo sentir con las yemas de mi alma.

El dolor que me motiva a escribir estas líneas no se deriva de los beneficios económicos o bursátiles que la posición me ofrecía. No se deriva de ver la desilusión de mi familia. Lo que me duele y creo que se puede apelar al ego, es haberme equivocado tan majestuosamente.

He jugado ajedrez desde que tengo memoria; y me considero bueno en ello. He procurado moverme por la vida calculando la siguiente jugada del destino para que me encuentre bien parado; mi olfato politico ha sabido decirme cuando es el mejor momento para cambiar de proyecto y el gusto por los números me ha proyectado los aumentos salariales que encajan en la función creciente que he cultivado con esmero.

Me he equivocado una y mil veces para corregir mi esquema, he apostado en grande y he ganado y perdido colosalmente. Eso sí, sabiendo que mis cartas no tenían posibilidad alguna y que no quedaba otra que cañar. Pero pocas veces me ha pasado que estando perfectamente seguro de mi juego, me tope abruptamente con un fracaso. Estas situaciones me descolocan.

Me llevan a pensar que claramente mi seguridad era una forma de arrogancia encubierta. Que mis certezas eran suposiciones sobrevaloradas y que mis proyecciones no eran más que fantasías autocomplacientes.

Y reconocer eso duele.

Porque hay que romper todo el esquema mental en busqueda de aquello que está fundamentalmente errado. La raíz del problema; encontrar la falacia en la interpretación de la realidad. Empujar la fisura tan lejos como pueda llegar. Dudar de todo.

Así la cuestión se convierte en un lapsus de autoconfrontación e inseguridad personal constructiva. ¿En realidad sé lo que creo que sé?

Descender a ese lugar oscuro del alma donde habitan los miedos tiene sus reditos. Yo lo entiendo como una praxis semejante a la vida del ave Fénix.
Morir en las certezas para resurgir en la verdad. O algo semejante.

Creo que la frustración sólo es útil si se usa como fuerza para hundirse en la másmedula y regresar de ella. Como motivación para rehacer el esquema mental resquebrajado que dejó el último golpe. Como agente de cambio y transformación.

Ahora estoy estudiando y repasando mis conocimientos técnicos; así lo haré hasta que un día Amazon me diga: Welcome aboard!

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