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Ojalá todos los muñecos fueran de trapo

Ácrata y Banquero

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Yiyo rompió el bate. Siempre lo hacía. Quizá por eso era que no jugaba con los de su edad y se juntaba con nosotros, los amigos de su hermana, Liliana. Era hércules de acné juvenil.

Es out! — gritó malasuerte.
Rompió el bate y por eso es out! — insistió.

Sabíamos que hablarle a Yiyo en ese tono y castigarlo de esa manera no era algo inteligente. Pero por algo le llamabamos malasuerte; aunque bien puedieramos haberlo apodado malpesante.

Los ojos de Yiyo se petrificaron y con Clavijo nos cruzamos miradas, sabíamos que era una señal clara de su explosión inminente. Sus mejillas se ruborizaron y empezó a temblar. La angustia se apoderó de mi pecho y sentí como su cuerpo se empeza a retorcer en minusculas contracciones ritmicas semejantes al aleteo de una mariposa. Esa sensación fue incrementando hasta que se hizo audible; no era la ira de Yiyo lo que sentía en la piel. Era el tableteo lejano de un helicoptero que se apuraba decididamente hacia nosotros. Olvidamos todo.

Pronto el viento agitado arremolinaba nuestras cabezas mientras tratabamos de seguir aquella bestia que pasó por encima de nuestras cabezas para descender apenas unos cientos de metros más allá. Supimos recorrerlos con velocidad mercuria.

Al borde de desbocarnos llegamos a la cancha de futbol donde la bestia se había posado con gracia de libélula, con la mala fortuna de estar rodeado de sombras. Hombrecillos grises sin nombre y de espiritu uniforme quienes nos trataban de imponer su superflua autoridad con bastones decorados y de alejarnos según ellos por nuestra propia seguridad. Yo sentía compasión por ellos y no los desafiaba. Yiyo sí. Los odiaba, ellos lo sabían y a menudo lo detenían. Esta vez no fue distinta, terminó en los calabozos de la guardia.

Yiyo por el amor a cristo, tenga cuidado con este bate que mi papá no me va a comprar otro! — chilló malasuerte. Duró más su discurso que Yiyo errando la pelota y estrellandolo estrepitosamente contra un árbol. Nos quedamos sin juego en un domingo perfectamente soleado. Decidimos bajar almendras de los árboles pero no era época, ni de guamas, guayabas, mangos ni guanábanas. El calor con su pesada omnipresencia se ensañó con nosotros y nos rendimos a sus pies tirándonos sobre el pasto seco y tostado que cortaran días atrás los hombrecillos grises a la sombra de un almendro.

Al borde de morir del aburrimiento, malasuerte saltó.

Lo sienten?!?! — gritó con sus orbitas desencajadas.
Viene para acá! — No dio lugar a replica.

Aún no lo sentía pero el corazón retumbandome era lo mismo. Traté de mirar al horizonte pero no lo veía. Igualmente corrimos hacía la cancha de futbol una vez más. Llegamos antes que el helicóptero pero notamos que el número de hombrecillos grises se había triplicado. Hoy no había ni chance de que Yiyo les recordara la jerarquía de su padre y porqué eso debería autorizarlo a seguir sin que ellos se atrevieran a dirigirle si quiera la palabra.

Nos ubicamos a la distancia. Subimos las graderías de pasto para tener una visión panorámica de lo que era una situación atípica para nuestros domingos pero habitual en este lugar que llamábamos casa. Uno tras otro los helicópteros bajaron, descendieron personas en camillas, tiraron cajas, cargaron otras y retomaron vuelo. Cada uno en menos de 3 minutos. Al poco tiempo nos aburrimos y nos alejamos de la cancha. Clavijo sabía de un panal cerca y fuimos a derribarlo. Para variar -y en honor a su apodo- malasuerte resultó picado.

A las horas notamos que un helicóptero no retomó el vuelo. Esto lo sabíamos porque nos habíamos acostumbrado a los sonidos de aterrizaje y despegue, que ahora habían quedado inpares. Nos apresuramos para ver si podíamos, por fin, lograr que nos llevaran de paseo.

Llegamos a la cancha y el panorama era por demás extraño. Las cajas que habían tirado los helicopteros de forma sistemática eran arrumadas por los hombrecillos grises en una esquina. Estaban lo suficientemente ocupados como para ignorar nuestra presencia o quizá no les molestaba tanto como antes. Nos acercamos hacia el único helicoptero que estaba abierto. Su tripulación lo preparaba para dejarlo descansar atando sus hélices y cubriendo su turbina. Yiyo sin pudor les preguntó si nos podían llevar a pasear. La respuesta — que ya preveíamos — fue negativa. Ya habían apagado el motor dijo el capitán o quien parecía estar al mando mientras cepillaba el piso de la aeronave. Malasuerte con su infinita curiosidad quería saberlo todo del aparato.

Esto qué es?
Una ametralladora .50
y esto?
La munición de la ametralladora
y aquí que guardan?
Los cascos
Y aquí?
Los primeros auxilios.

A mí me causó mucha intriga la tarea que realizaba el capitán mientras respondía con desgano a malasuerte. Raspaba y cepillaba el fondo convexo de la nave hasta que finalmente se hartó y ubicó las planchas que tenía apoyadas al costado del helicóptero y cubrió el fondo, dejando una base perfectamente recta y transitable. No me pude contener y le consulté qué guardaban ahí.

Los muñecos — me respondió con sorna.

Los hombrecitos verdes emergieron de cualquier rincón. Había caras conocidas, unos que hasta hace dos minutos cortaban el pasto, otros que amasaban el pan, todos estaban de un momento a otro, armados. Tenían su fusil de dotación en mano y sus rostros se blindaban y su humanidad se espesaba como cuero grueso. Sus rostros se endurecían como lozas pétreas. Se movían en la fricción del caos como peces en el agua.

Estábamos en la ceremonia de instalación del presidente Uribe. En realidad, jugábamos golf al lado del campo de marte donde tenía lugar.

Ese día las FARC decidieron saludarlo con morteros. Uno de ellos cayó en un pino a 15 metros de donde estábamos mi papá y yo. Antes de que pudiera comprenderlo del todo, sentí que volaba. No se trataba de la onda expansiva ni nada de eso. Uno de los hombrecillos me tomó en brazos y otro tomó por el brazo a mi papá para guiarnos a un refugio. Eso lo entendí después. Eramos civiles en una instalación militar y precisábamos protección como suspicacia. Los hombrecillos no estaban del todo seguros que nosotros no tuviéramos que ver con las explosiones. Estuvimos hacinados en el medio del frío 8 horas.

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